Celanova

Desde lo alto de la Casa da Neve, Celanova se abre a los ojos del visitante como la ruta turística con mayor capacidad didáctica de Ourense, ofreciendo a la vez la placidez de una excelente geografía con la docente candidez de una historia que enseña sin molestarse.

Nada más y nada menos que cinco mil años son los que la humanidad ha dejado plasmados en el lienzo indeleble de una tierra que inspira, sobre todo, capacidad para el sosiego y la contemplación, para el paseo y la literatura, para la piedra y la palabra.

Claustro
Claustro barroco

El mito del neolítico en los petroglifos de Freixo. La reivindicación autóctona de la cultura castreña, en Castromao. La incruenta colonización romana reproducida en la Tábula y que deja paso al caminante sobre el Arnoia en Pontefreixo. El vacío de la época sueva. El revuelo de la Edad Media con sede en el mozárabe de San Miguel, en el burgo medieval de Vilanova o en el silencio secular de Milmanda. La lenta y poderosa evolución del monacato fundado por San Rosendo (“os dejo una obra maravillosamente edificada”). La historia y la leyenda entrelazadas en la Virgen del Cristal (ahora desaparecida). Y el salto a la modernidad de las tres culturas a las que acabaron dando voz los poetas… Todo ello convive hoy en un espacio que cabe en un pañuelo y que no puede responder a otro nombre que el de “Onde o mundo se chama Celanova”.

Cartelle

Si algún municipio de la comarca se identifica plenamente con el río Arnoia, este es, sin lugar a dudas, el de Cartelle. Tierras de vega y de labor, a su paso, que se conjugan en armonía con bosques de transición entre la vegetación autóctona y la explotación forestal que reparte economía entre sus gentes.

Es Cartelle un lugar en el que merece la pena dejarse perder por sus innumerables “pistas”, que tan bien te hacen descubrir, sin esperarlo, un hermoso santuario mariano cargado de devoción, como el de As Marabillas; como te permiten ver en lontananza el potente y evocativo promontorio caballeresco de lo que permanece en pie de la fortaleza de Sande o la casa familiar del pionero de la cinematografía en Galicia, Carlos Velo, en la propia aldea que da nombre al municipio.

Santuario de As Marabillas
Santuario de As Marabillas

Lugar que suena a gaita: La que en Galicia e hispanoamérica tocó -con “Los Maravillas”, sus hermanos- la elegante Auria, la primera mujer gaitera de nuestra tierra.

Y que suena a cascos de caballo trotando firmes sobre los viejos caminos de carro, para luego encontrar descanso en el complejo hípico de O Mundil, una suerte, también, de santuario equino.

A Merca

Pocas localidades tienen su topónimo tan enraizado a la idiosincrasia de sus gentes. Como bien sabido es, “merca” procede de “mercar”, o lo que es lo mismo “comprar”. Es decir, comprar y vender, que es a lo que dedicaron tradicionalmente sus “modus vivendi” la inmensa mayoría de sus habitantes (los tratantes), a lo largo y ancho de las ferias y mercados de Galicia. De ahí que no resulte descabellado pensar que el surgimiento de su capitalidad haya surgido de la feria que el día 26 de cada mes se asentaba en un cruce de caminos.

Conjunto de hórreos

Pero esta es penúltima historia, porque antes hubo otras y no menos interesantes que las de sus vecinos. Historias que nos han dejado vestigios tan singulares como que una de sus aldeas se denomine A Mezquita, cuando, que se sepa, allí nunca haya habido ninguna. O sí. Vaya a saber el viajero!

Haya habido o no mezquita, lo que si sabemos a ciencia cierta -porque todavía está ahí para ser contemplada- es de la permanencia de una de las más sobrias, y por ello espectaculares, iglesias románicas que se conservan en Galicia: San Pedro de A Mezquita.

Como espectacular es la alineada conjunción de hórreos (canastros) que en este caso se conservan en la capitalidad del municipio y que dan fe de que la economía tradicional también tiene mucho que agradecer a la fertilidad de sus tierras bañadas longitudinalmente por el río Arnoia, al  pie del cual se dibujan otros paisajes y otras localidades, otrora vivaces e incluso señoriales, como Olás o Ponte Hermida.

A Bola

Poca gente sabe que el municipio le debe el nombre precisamente a una aislada gran “bola” de granito que se encuentra inhiesta en la localidad del mismo nombre. Elemento singular, sin duda, en el corazón de una geografía de valle regado por el río Sorga, y de lomas suaves que se van izando lentamente hasta generar lo que Méndez Ferrín denomina el “lombo de hipopótamo” de San Cibrao de Monte Calvo.

Penedo de A Bola

Lugar primigenio, este, con una pequeña colonia de dólmenes con su menhir central, que anuncian las primeras ocupaciones humanas -todavía nómadas- y que se anteponen en el tiempo a la pequeña capilla dedicada a San Cibrao, que domina el horizonte hacia poniente, sirviendo de parapeto para la salida de un sol equinoccial que nos traslada a la figura de Rosendo Guterres, el gran hacedor de la comarca.

Tierras de huerta y labradío con reminiscencias solariegas y casas blasonadas, aprovechadas en San Munio de Veiga por los Hospitalarios de Jerusalén e íntimamente relacionadas con el monasterio de Celanova, tanto en las horas buenas de los prioratos y cotos de Santa Baia y Berredo -que quiso conquistar el portugués Afonso Henriques-, como en las horas malas de la guerra Civil, en las curvas de A Munía, a pocos cientos de metros del Alto de O Forriolo, en donde todavía hoy resuenan los ecos de algunos lamentos que nadie fue capaz de arropar, sino la muerte.

Bande

“Alá enriba está Bande/ coma unha estampa antiga/ dibuxada no aire./ Pendurada do vento,/Bande das verdes corgas/ cinguidas de silencio (…)”

Tal vez no haya más bellas palabras que las del poeta para describir, a vuela pluma, un municipio en el que las aguas del río Limia ocultan y dejan ver a su económico capricho, los vestigios de la historia.

De una historia que nos coloca de repente en los tiempos de Vespasiano y su “legio septima gémina”, asentada allí para dirigir la construcción de la Vía Nova entre las urbes imperiales de Braga y Astorga.

Aquis Querquennis
Aquis Querquennis

De una historia que nos traslada a los orígenes de la cristianización de Gallaecia, a través de San Torcuato, el discípulo del Apóstol Santiago, cuyas reliquias hallaron descanso y acomodo en Santa Comba de Bande, antes de recalar, previo milagro, en Celanova.

Pero tiene Bande otras aguas, también, que invitan al ocio y al descanso. Aguas mansas del Prin que invitan a pescar y luego se echan a dormir definitivamente en el embalse. Y aguas caldas de O Baño, que ayudaron a hacer de Portoquintela, en su momento, un foco de vida comercial en el camino. Eso, hasta que las aguas se la bebieron.

Tierras que fueron condado y que supieron defender sus intereses tomando acuerdos democráticos en concejo abierto -cuando esta palabra ni existía- bajo la sombra protectora de un “carballo”.

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Geodestino Terra de Celanova – Serra do Xurés

Acostumbra a decir -y a escribir- Xosé Luís Méndez Ferrín, que existe un triángulo mágico, o un “extraño triángulo”, en el medio del cual se ha desarrollado históricamente una forma singular de ser y estar en el mundo, que él popularizó como idiosincrasia “arraiana” y que geográficamente se identifica con los vértices de Celanova, Montalegre y Arcos de Valdevez.

Pues bien, monte arriba o valle abajo, el caso es que este destino turístico que hemos dado en llamar “Terra de Celanova-Serra do Xurés”, atiende perfectamente a ese mapa social y humano en el que el escritor enmarcó los relatos de “Arraianos”, nuestro libro de cabecera.

Es más, se recomienda al viajero que antes de adentrarse conscientemente por los rincones de nuestras veredas, debiera darle una lectura a este libro (ya sea en gallego o en castellano), porque a través de sus páginas encontrará, incluso antes de hacerse algunas preguntas, muchas de nuestras respuestas.

Respuestas sobre cómo fuimos y cómo somos. Cómo hemos ido procurando nuestra adaptación al medio o qué hicieron y nos legaron todos cuantos nos precedieron. Y siempre con esa línea imperceptible en el horizonte a la que llamamos “raya” y esa “piedra viva” omnipresente que desde la noche de los tiempos nos acompaña y nos concede personalidad propia. Tanta, me atrevería a asegurar, que es muy posible que haya pensado ya en el retorno, antes incluso de que se vaya.

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